Una de las inexorables condenas de esta vida es a nosotros mismos. Imposible desvincularse de nuestras manos, nuestro reflejo en los espejos o, el así llamado, torrente de nuestro pensamiento.
A diferencia de nosotros, los avatares, esos módicos remedos de personas, suspenden su ser a piacere, se abandonan a la ausencia de sí mismos y se retoman, frescos y bien peinados, cuando les place.
Una especie de suicidio a plazo fijo. Una vida interruptus sin perjuicio conocido.
Habrá que ver si, aquellos que generan un alter ego en Second Life, administran su continuidad existencial con afanes de desdoblamiento o, por el contrario, de sempiterna reafirmación yoística.